LONDRES (De un enviado especial).? Es un señor. Uno de esos hombres fuera de serie. Roger Federer no es un tenista: es un artista de la simpatía. Aún en la derrota, por primera vez, después de 12 batallas, contra Nikolay Davydenko, suerte de campeón de la defensa. Campera marrón con detalles blancos, gorra azul, pantalón del mismo tono, todo matizado por su inconfundible marca RF, el mejor de todos los tiempos se despide de la temporada con una dosis inferior del juego que suele mostrar y con una carga superior de bromas de la que suele exponer. No está abatido por la derrota: se muestra inmaculado. Aunque humano. "A veces me equivoco en algunos tiros, debería mejorarlo para hacerlo mejor en la próxima temporada. Tengo que modificar muchas cosas: el tenis es muy duro", cuenta, después de expresarse como una sutil expresión de la búsqueda del hueco vacío y quedarse aprisionado en ese ir y venir a la red. No siempre ganan los buenos.
Juega con las palabras, tanto como con las raquetas. Es un as que primero habla en inglés, luego en francés y más tarde en alemán. Se toma su tiempo: cada inquietud puede ser abastecida en una larga declaración de principios. Como cuando se lo interroga por sus primeros juegos de esta semana, que siempre fueron para su adversario de turno. "Debo trabajar más en el servicio y estar concentrado en la primera parte del partido. Voy a tratar de no volver a cometer todos los errores que tuve esta semana? Esta es mi última conferencia de prensa del año, así que al menos eso me pone feliz", suelta, con una sonrisa gigante. Está dispuesto a seguir por la avenida de las bromas. "Fue una buena temporada y ahora, ya que viene el descanso, no tendré que contestar más preguntas", se ríe el Gran Roger, con las vacaciones ya dispuestas en su maletín, previstas en un lugar en el mundo recóndito que prefiere no revelar.
Por primera vez ganador de Roland Garros, vencedor de Wimbledon, finalista en Melbourne y los Estados Unidos, apenas le quedó el sitio vacío para su ambición de maestro. Otro año bien grande. Mientras se acomoda, otra vez, su enrulada cabellera, escondida en su gorra, el presentador advierte que, ahora sí, el suizo escuchará la última pregunta en inglés de la temporada. Hay una expresión de alivio en su mirada. De alivio y de ironía: "Y como es la última, espero que sea la mejor?", lanza, siempre al ataque.
El cronista de La Reppublica, de Italia, lo desafía: "Yo siempre trato de que sea la mejor". Cuando el Gran Roger lo divisa con sus ojos marrones, le devuelve la invitación con un revés: "Tu haces siempre preguntas duras, estoy realmente preocupado". En realidad, fue una invitación para su regocijo: cuál había sido la mejor fotografía de 2009. En ese segundo, Federer se relajó aún más en su sillón, casi como si fuese la extensión de su espalda. "Yo creo que la combinación entre París y Wimbledon es lo mejor que me pasó. Aunque ganar Roland Garros haya sido, seguramente, uno de los mejores momentos de mi carrera. Además, siempre estoy en los días finales de los torneos, lo que creo que sigue siendo muy bueno. Es lo mejor que podría hacer. Y terminé el año como el N° 1 del mundo. ¿Qué más podría pedir?", se pregunta. Una pregunta retórica, en realidad.
El moderador advierte que todo ha acabado. Que el Gran Roger, ahora, deberá hablar en francés. Y luego, en alemán. Y luego, su grandeza se paseará por las radios. Y más tarde, por la TV. Sonríe otra vez. Dice hasta luego. Y advierte: "Tal vez, en algún lugar nos volveremos a encontrar". Seguramente así será.