Cuando Beckham llegó al Real Madrid de las galaxias, la norma era que los jugadores salieran a toda velocidad de los entrenamientos, del hotel o del vestuario y se subieran al autobús ignorando a los cientos de niños, niñas y mayores que esperaban bajo el frío o el calor con un cuaderno y un lapiz en mano con la esperanza y la ilusión de que sus ídolos les dedicasen unos segundos de su tiempo para garabatear un trozo de papel. Algo tan sencillo como eso, que supone tan poco para el que lo da y tanto para el que lo recibe. Las galaxias madridistas se abrían paso entre la gente sin dedicar una mirada a sus fanáticos, como si fuesen una molestia. Uno, sin embargo, se detenía siempre. Beckham firmaba cuadernos, fotos, revistas y camisetas, sonreía, posaba para las fotos, estrechaba manos, recibía besos y abrazos mientras el resto de los astros madridistas le miraban desde el interior del autobús con una mezcla de incredulidad y conmiseración. En la sala de prensa Beckahm nunca dejaba una pregunta sin contestar. No importaba lo grande o pequeño que fuera el medio que le quisiera entrevistar. Fuera una estrella del periodismo o un jovenzuelo en prácticas, el inglés respondía con el mismo interés a una buena pregunta que a una mala y esperaba a que todos se dieran por satisfechos. En la otra cara de la moneda, está Capello. La semana pasada decidió hablar en italiano en la rueda de prensa porque no estaba satisfecho con los comentarios de algunos periodistas. Hace apenas un mes, el italiano dedicó un dedo,uno solo, el corazón, a un grupo de aficionados madridistas al terminar un encuentro en el Bernabéu. El que fuera entrenador de la Juve, ahora en segunda por hacer trampas, acusó de tramposo a un jugador de un equipo rival por haberse tirado en el área. El video demostró que no se tiró y Capello se escudó en un problema idiomático para justificar su insulto. En el Real Madrid conviven todavía un caballero, el último de ese club, y un impresentable. La decadencia del club se manifiesta en que al elegir entre uno y otro, el actual presidente se ha puesto del lado del impresentable. El gesto de Capello a la grada habría supuesto en el Real Madrid clásico el cese fulminante del técnico. Hoy, con un club que se sigue agrietando, el italiano sigue en el banquillo. En el fútbol, como en la vida, hay siempre espacio para ironías del destino, lecciones que quedan sin aprender y sucesos que terminan por colocar a todo el mundo en su sitio. El sábado pasado Beckham jugó. Marcó un gol que supone un balón de oxígeno para Capello. A pesar de que a nadie se le escapó que el inglés acababa de salvar la cabeza del que le retiró del equipo, Beckham, el caballero no comentó nada, no hizo declaraciones, no recriminó nada a nadie. Salió, firmó autógrafos, se hizo fotografías y espero a atender a todo el mundo. Capello esperaba en el autobús. El Real Madrid pierde a un caballero, y es el último que tenía.
|