Mi abuelo no decía fútbol, decía balompié. Sin embargo, nunca decía fuera de juego; él hablaba de "orsay". Tampoco decía libre directo, era un "friqui". En el conflicto que surgió entre el idioma español y el inglés no ganó ni uno ni el otro, más bien perdieron los dos. El balompié es fútbol, el saque de esquina es "corner" y curiosamente, en España, el entrenador es el "mister". Pero de todas las palabras que la lengua española asimiló, la que más pasiones produce es "derby". El "derby" es el nombre que recibe el Real Madrid - Atlético de Madrid. El enfrentamiento anual entre los dos vecinos de la capital de España. El rico contra el pobre. El mimado y el castigado. El favorito y el "pupas". Vikingos e indios. Blanco contra rojiblanco. Se trata de una rivalidad basada en cien años de historia. Un virus que se contagia sin esperanza de cura y que inmediatamente se extiende por toda la plantilla, afectando incluso al último jugador rumano que acaba de llegar al club dos semanas atrás. Da igual en que situación se encuentren ambos. Estén a la cabeza o en la cola de la tabla, el objetivo es el mismo. Meterle el dedo en el ojo al vecino. Si ganarle supone dejarle fuera de la Champions o al borde del descenso, mejor que mejor. No se trata de un partido más, se trata de pinchar donde más duele. Los dos equipos llegan mal. Capello está al borde del precipicio y Aguirre está teniendo un mal inicio del año. También da igual. Este partido está fuera de competición. El que gane consigue tres puntos, que en estos momentos podrían ser fundamentales para ambos, pero la victoria da mucho más, proporciona la sonrisa y la capacidad de generar veinte comentarios hirientes al día siguiente en el trabajo, la fábrica, el colegio o el taxi. Esa es la magia del derby. El lunes por la mañana en Madrid habrá dos tipos de personas, los que ganaron y van a poder explayarse a gusto y los que perdieron que tendrán que soportar el chaparrón y echarle la culpa al árbitro. Una lástima que solamente haya dos al año.
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