La del Sevilla-Betis puede que sea la rivalidad más desconocida del fútbol español, pero es en realidad la más encarnizada.Sevilla es una ciudad maravillosa que no podía no existir. Se fundó hace tres mil años y tartesos, fenicios, cartagineses, romanos,godos, musulmanes y cristianos la consideraron como su niña bonita y la mimaron con de monumentos, torres y jardines. Bendecida por el Guadalquivir y un clima cálido en Sevilla se destila lo mejor de España. Basta con salir a la calle y hablar con cualquiera para darse cuenta que el sevillano es distinto al resto del mundo. Los sevillanos comparten la manzanilla, bailan juntos durante la feria, dicen "ozú qué caló" cuando llega el verano, rezan al mismo Cristo en Semana Santa y acuden en romería al Rocío. Todo es alegría, felicidad y buen rollo en Sevilla. Hasta que se habla de fútbol. Béticos y Sevillistas se odian con una intensidad que no tiene paralelo en Europa. Rara vez llegan a las manos, pero su pasatiempo favorito es desearle todo lo malo que le pueda llegar al otro y cuantas más veces, "mehó". Un bético prefiere ver al Sevilla bajar a segunda división, que ganar la Liga. Lo mismo les pasa a los sevillistas. El disfrute de la desgracia ajena supera a la alegría propia. Desgraciadamente, lo pintoresco de la rivalidad, hoy en día se vive al más alto nivel. Los presidentes de los dos clubes han elegido comportarse como fundamentalistas en lugar de como lo que son, representantes de dos entidades históricas respetadas y queridas en toda España. Cuando un presidente es tan irresponsable como cualquiera de estos dos, las desgracias acuden raudas a la llamada. El entrenador del Sevilla recibió un botellazo que podía haberle matado. Algún descerebrado del público decidió que era una buena idea lanzarle una botella a la cabeza. Desgraciadamente la proporción de descerebrados se mantiene en todas las aficiones y si el partido hubiese sido en el campo del Sevilla, lo mismo podía haber sucedido. Podría haberse producido una pelea en las gradas, o en la calle, o en los vomitorios. Avalanchas, gente aplastada, niños, gente mayor, muertos en la calle, muertos en la grada. Afortunadamente no sucedió, pero solamente porque Dios no quiso y dejó ese día a casi todos los descerebrados en casa. No es la primera vez que alquien muere en un campo de fútbol. Si los dirigentes no tienen cuidado, no será la última. Y por lo que parece, ninguno de estos dos tiene el más mínimo cuidado. Se habla ahora de cerrar el campo del Betis, pero en realidad lo que hay que cerrar es la boca de los que son tan inconscientes, tan irresponsable, tan infantiles y tan impresentables que arriesgan la seguridad de otros por una cuestión de orgullo personal, por quedar mejor, por decir la última palabra. Como dos niños. Sevilla es una ciudad bendecida por la naturaleza, la historia y su gente. Menos los dos irresponsables que dirigen sus equipos. La Liga tiene que tomar medidas, y tienen que ser ejemplares, pero han de ir dirigidas a la persona de los presidentes, que son los que han montado todo este lío. Cerrar un campo o poner una multa al club, no sirve de nada. Inhabilitar a un presidente, sí. Y ahí es donde hay que darles.
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