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Rogerio Manzano, Yahoo! Telemundo
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Desafío 756
Rogerio Manzano, Yahoo! Telemundo
08/08/2007

Matt Murphy era un chico común.  De esos que pasan inadvertidos entre más de 40 mil personas y nadie se da cuenta que existen.  De esos que se sientan en cualquier parte del AT&T Park y, en una bruma de emociones, se disfuman entre gritos, o aplausos.

Excepto que ocurra algo diferente, como anoche, en San Francisco.

Entonces la suerte, y la vida, de un Matt Murphy puede cambiar en un segundo, sólo porque posee una pieza muy valiosa: la pelota del jonrón 756 de Barry Bonds.

Lo que hará, exigirá, o pedirá Murphy no se sabe todavía, lo que hizo Bonds ya está grabado en la memoria del juego.

Pero, Barry Bonds no rompió un récord cualquiera.  Desplazó la marca más famosa del deporte americano, lo que es suficiente angustioso como para no implicar controversia por sí misma.

Aquí el detalle no es Barry Bonds y su arrogante nube de esteroides, aquí el problema es el valor y el significado que posee ese récord para el pasatiempo de las bolas y los strikes.  Imaginen que en vez de Barry Bonds hubiera sido Mark McGwire, o hasta el mismo José Canseco, quien hubiera destrozado el mito. Sucedería exactamente lo mismo que ahora ocurre con Barry Bonds.

Y más que un ensañamiento personal contra él, lo que se cuestiona, y de lo que se duda, es de una generación de peloteros que, todo el mundo sabe, usaron drogas y sustancias ilegales para mejorar su rendimiento. 

Barry Bonds, para su propia desgracia, ha quedado como el rostro visible de esa maldita era, porque se atrevió a llegar hasta donde nadie más lo había hecho, a la marca sagrada de los 755.  Se arriesgó a desafiar a los dioses del béisbol, y eso no lo hace cualquiera, sino los elegidos de corazón.

Si Bonds se hubiera retirado después de los 73 jonrones en el 2003, o previamente, quizás flotaría en un limbo de sospechas y desconfianzas, como Sammy Sosa, y muchos otros, pero no tendría el peso de esas oscuras miradas que exigen desangrar su cabeza en la picota.

Después de anoche hay más preguntas que antes. ¿Habrá un asterisco para él? ¿Será elegido para el Salón de la Fama? ¿Confesará la verdad algún día? ¿Lo condenarán por perjurio?

No hay respuesta aún, no después del 756, porque Barry hizo lo que quería, agarrar la corona de Aaron, ceñírsela, y saborear el olor a inmortalidad... hasta que pueda.

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