¿Fue un mal comienzo o un buen augurio? Mientras la lluvia inundaba fastidiosamente
cada espacio del estadio Tien-Mou, Harvey Schiller
parecía sentir que el destino le arruinaba su primer gran ensayo como
presidente de la Federación Internacional de Béisbol (IBAF).
Al final de la noche todos se fueron a dormir y no
hubo siquiera un atrevido que se aventurara a lanzar la primera bola en la
jornada inaugural de la XXXVII Copa Mundial de Béisbol. En definitiva, toda la
acción quedó suspendida para el siguiente día con el inicio de la ronda
eliminatoria.
Es una realidad que al béisbol internacional no le ha
ido muy bien en los últimos años. Fue
desaparecido del programa de los Juegos Olímpicos y, como pasatiempo, todavía
padece falta de popularidad en muchos países.
Esta nueva versión de la que desde hace algunos años
han dado en llamar Copa Mundial (antes también conocida como Serie
Mundial Amateur o Campeonato Mundial de Béisbol), intenta impregnarle un boca a
boca a un deporte que nada tiene que ver con la lluvia.
Harvey Schiller tiene ante sí una tarea bien
difícil. Como él mismo ha expresado, al asumir este año la dirección de la
IBAF, su meta primaria es regresar el béisbol al programa de los Juego
Olímpicos. Empero, para que esto suceda,
deberá primero mejorar la imagen del deporte a escala internacional y,
naturalmente, promover y estimular el interés del juego, y su entendimiento, en
aquellas naciones donde la disciplina no posee una práctica extendida. Casi
nada.
Schiller ya estableció una ambiciosa plataforma de
trabajo para el período 2007-2015, y
comenzó por introducir un nuevo logo para la institución, así como
mejoró notablemente el sitio electrónico de la Federación. Pasos pequeños, pero
pasos, al fin y al cabo.
En cambio, la IBAF precisa algo más que un nuevo
logo y buenas intenciones. Necesita
apoyo económico, porque la dependencia financiera del COI no es suficiente para
impulsar planes tan pretenciosos. Y,
categóricamente, será aquí donde se decida, no sólo la efectividad de la
gestión que pueda realizar Schiller, sino la mismísima subsistencia de la
entidad beisbolística internacional.
En un plano más cerrado, el actual guía de la IBAF
está urgido de acortar diferencias y conciliar intereses entre la institución
que representa y las organizaciones profesionales, porque esa es la clave de
todos los trastornos que afectan al béisbol como disciplina olímpica.
En cierta ocasión Thomas Bach, vicepresidente del COI, afirmaba, en
referencia a la salida del béisbol del programa de los JJ. OO., que este deporte
podía demostrarle al mundo entero que es espectacular y abarcador. Pero, el único modo en que eso se ve factible, y realizable, es sólo si se
produce una verdadera fusión entre las partes antes mencionadas.
Es un hecho que los mejores atletas que practican el
juego de las bolas y los strikes son profesionales, o pertenecen a poderosas
instituciones de la pelota rentada, léase
Major League Baseball (MLB), Nippon Professional Organization (NPO),
etc. Lograr que éstos hombres participen
en los eventos olímpicos o campeonatos internacionales es algo que la IBAF no
ha podido lograr hasta ahora.
Con todo este asunto también se mezcla el
delicado tema del dopaje. No hay que
hacer la historia de los escándalos que la problemática ha producido en las
Grandes Ligas. El otro gran conflicto
que debe resolver Schiller es hacer concordar la política antidopaje olímpica
con la que se aplica en el béisbol profesional, pues entre ambas todavía
existen notables diferencias.
No obstante, la mayor preocupación para Harvey
Schiller debería ser el hecho de que Major League Baseball también tiene sus
propios planes. Para el año entrante,
por ejemplo, MLB planea celebrar juegos de pretemporada en China e inaugurar la
temporada regular en Japón, además de que piensa asesorar la fundación de la primera liga profesional
de béisbol en Europa.
No importa cuantas brillantes ideas puedan coincidir
en la mente de Schiller. Su tarea es tratar de mezclar el aceite con el vinagre. ¿Lo podrá lograr? Eso sólo lo demostrará el tiempo y el empeño que ponga en probar que no
sólo de buenas intenciones puede vivir el béisbol.
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