Sin mayores
esfuerzos terminó la etapa clasificatoria de la Copa Mundial de Béisbol. Quienes
sobrevivieron la eliminatoria comenzarán este viernes 16 de Noviembre a desandar la ruta hacia el trofeo que, una vez más, ha puesto en disputa la Federación
Internacional de Béisbol (IBAF, por sus siglas en inglés).
No hay que
descifrar demasiados códigos davincianos para notar por donde anda el
favoritismo en la parte final de esta historia.
Cuba reina aquí desde hace más de cuarenta años con su "profesionalismo
de estado", y a estas alturas todavía las cosas no han cambiado mucho.
Pero,
mientras que para los cubanos, ser campeones del mundo y derrotar a los
norteamericanos en cualquier evento de este tipo es un asunto de política
exterior, para los demás, las razones son menos serias, y más deportivas.
Estados
Unidos presentó, como casi siempre ha hecho desde que la IBAF autorizó la
participación de jugadores profesionales, un club de prospectos de las Ligas
Menores. Son jóvenes talentosos a los
que, obviamente, les falta cohesión y trabajo de equipo para participar en este
tipo de concurso internacional, pero por el oficio y la capacidad que exhiben,
hay que tenerlos siempre presente a la hora de repartir las medallas.
Del resto,
destacan australianos y taiwaneses. Se notan hábiles, con capacidad pendenciera
y estilo para discutir el precio de una victoria. Sin embargo, mucho tiene que
ver en eso la inyección de atletas con experiencia profesional que fueron
agregados a las nóminas de estas selecciones.
No hay dudas de que ambas escuadras son probables candidatos a la
discusión del banderín por el nivel competitivo que han mostrado durante todo el
torneo.
Mención
especial a Holanda, la actual potencia europea en el pasatiempo de las bolas y
los strikes. Atrás quedaron los tiempos
en que solían ser un club de fogueo para todos los demás en este tipo de
certámenes. Por otro lado, siempre desencanta un poco ver a países como México,
Panamá y Venezuela, con gran tradición en el juego, tener actuaciones tan
decepcionantes.
Cuando se
piensa en un Vinicio Castilla, en un Mariano Rivera o en un Johan Santana,
pareciera imposible admitir que esos equipos no pudieran tener un desempeño
superior. Aunque, tanto mexicanos, panameños, como venezolanos, llenaron sus
rosters con material de circuitos rentados, ya sabemos que a las Copas nunca
vienen los mejores beisbolistas.
Más allá de imaginar
quién resulte ganador en esta versión XXXVII, lo mejor sería pensar en el rumbo
que podrían tomar dichas competencias en el futuro. A través de los años ha
existido cierta inestabilidad, no sólo de género organizativo, sino también
financiero, y eso ha provocado variar formatos y estructuras en diversas
ocasiones.
Desde el
2001, las Copas Mundiales comenzaron a celebrarse cada dos años, pero con la
aparición del Clásico Mundial en el 2006 y su continuidad en el 2009,
inevitablemente esto tendrá que modificarse, justo porque ambos coincidirán en
fecha para ese año, y para los siguientes.
No es
necesario ahondar en el asunto de la popularidad del béisbol. Lo único que
queda claro es que sólo un evento como el Clásico Mundial, con la participación
de los mejores jugadores, en plenitud de su forma deportiva, puede elevar,
expandir y engrandecer el interés universal en beneficio del deporte base.
Es por ello
que la Copa, sin la capacidad, ni la probabilidad de convertirse en el máximo
evento del béisbol en el planeta tierra, deberá incuestionablemente
transformarse o ajustarse a otras consideraciones para no desaparecer
definitivamente. Hasta tanto eso suceda, la Copa Mundial seguirá sin rumbo
definido por el universo del béisbol internacional en busca de un nuevo
renacer.
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