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René Giraldo, Deportes Telemundo
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Pobres Marlins
René Giraldo, Deportes Telemundo
08/12/2007

En 1993 los Florida Marlins debutaron en las Grandes Ligas. La celebración fue espectacular porque al fin en el sur de la Florida se iba a disfrutar del mejor béisbol del mundo. Pero quién iba a decirles a los aficionados de los Marlins que su pasión por su nuevo equipo les rompería en pedazos el corazón varias veces.

Wyane Huizenga, fue el protagonista principal en hacer realidad el béisbol de las Ligas Mayores en el sur de la Florida, pero desafortunadamente fue el responsable de la destrucción del equipo unos años más tarde.

La franquicia de los Marlins llegó a la cúspide luego de sólo cinco años de existencia. En 1997, Huizenga puso a correr su dinero, primero contratando al manager Jim Leyland, y después a jugadores de primera línea como el jardinero dominicano Moisés Alou, el antesalista boricua Bobby Bonilla, el lanzador cubanoamericano Alex Fernández, el inicialista Darren Daulton y el jardinero Jim Eisenreich. Estos reforzaron enormemente a los Marlins que ya contaban con veteranos como los lanzadores Kevin Brown y Al Leiter, y jóvenes figuras de gran talento como el jonronero Gary Sheffield, el receptor Charles Johnson, el segunda base dominicano Luis Castillo, el torpedero colombiano Edgar Rentería y el pitcher cubano Liván Hernández que se sumó al equipo en la segunda mitad de la temporada.

Los Marlins entraron a los playoffs como equipo wild card y no pararon hasta coronarse campeones venciendo a los Indios de Cleveland en siete juegos en la Serie Mundial.

Inesperada e inexplicablemente, luego de ganar la Serie Mundial, el dueño de los Marlins, Wayne Huizenga, decidió desmantelar el equipo. Jeff Conine fue enviado a los Reales de Kansas City, Moisés Alou a los Astros de Houston, Kevin Brown a los Padres de San Diego, Bobby Bonilla y Gary Sheffield a los Dodgers de Los Angeles, los lanzadores Al Leiter y Dennis Cook fueron a parar a los Mets de Nueva York y el relevista cerrador del equipo, Rob Nen a los Gigantes de San Francisco.

Como resultado, los Marlins de un año a otro pasaron de lo sublime a lo ridículo, de Campeones Mundiales a ser el equipo con peor récord en las Grandes Ligas con sólo 54 juegos ganados y 108 perdidos en 1998. El objetivo de Huizenga era reducir costos para vender el equipo. Apareció un comprador llamado John Henry y este accedió a hacer la inversión con la esperanza de llegar a un acuerdo con autoridades y políticos del sur de la Florida para la construcción de un nuevo estadio, que según él, era necesario para generar más dinero y por lo tanto poder firmar a mejores peloteros.

Los años siguientes fueron de desconcierto e incertidumbre principalmente por la imposibilidad del nuevo propietario de conseguir su meta. Frustrado por dicha situación, Henry vendió los Marlins en el 2002 a Jeffrey Loria, ex-dueño de los Expos de Montreal. Entonces Henry compró a los Medias Rojas de Boston con quienes ha ganado dos Series Mundiales.

Un año después, Loria contrató al receptor boricua Iván Rodríguez, al relevista venezolano Ugueth Urbina, al jardinero Juan Pierre y trajo de vuelta a "Mr. Marlin", Jeff Conine. En mayo de ese año Jack McKeon reemplazó a Jeff Torborg en la dirección del equipo, y luego de un comienzo un poco dificultoso, poco a poco el conjunto floridano se fue enderezando con la importante ayuda en la segunda mitad de la campaña de dos jóvenes prospectos que estaban jugando en clase doble AA, el jardinero y antesalista venezolano Miguel Cabrera y el pitcher zurdo Dontrelle Willis, quienes rápidamente comenzaron a contribuir al éxito de los Marlins en camino hacia la conquista de su segundo campeonato Mundial. Los Marlins volvieron a entrar a los playoffs como wild card y luego vencieron en la Serie Mundial a los Yankees de Nueva York en seis juegos.


La historia se volvió a repetir y esta vez, Jeffrey Loria, comenzó poco a poco a desmantelar el equipo tratando de reducir la nómina. En el 2004 dejaron ir a Iván Rodríguez y al Ugueth Urbina, quienes firmaron con los Tigres de Detroit y enviaron al primera base Derek Lee a los Cachorros de Chicago. Al jardinero dominicano Juan Encarnación y a Brad Penny, uno de sus mejores lanzadores abridores, los cambiaron a los Dodgers de Los Angeles. En el 2005 dejaron ir a otro de sus mejores serpentineros, Carl Pavano quien firmó con los Yankees de Nueva York y el inicialista boricua Carlos Delgado se fue a los Mets de Nueva York. En el 2006 la purga fue aún mayor. No le renovaron contrato a dos de sus pilares del cuerpo de pitcheo, A.J. Burnett que firmó con los Azulejos de Toronto y Josh Beckett que fue contratado por los Medias Rojas de Boston.

Hicieron lo mismo con el torpedero venezolano Alex González y el antesalista boricua Mike Lowell, quienes también fueron adquiridos por los Medias Rojas.

El pasado 4 de diciembre los Marlins continuaron deshojando el equipo deshaciéndose de dos las pocas estrellas que les quedaban, Miguel Cabrera y Dontrelle Willis, enviándolos a los Tigres de Detroit.

Este es el cuento de nunca acabar. La gerencia de los Marlins sigue alegando que no puede pagar sueldos altos para retener a sus mejores peloteros porque el equipo pierde dinero achacando dichas pérdidas a la falta de un nuevo estadio. Por otro lado las autoridades del Condado Miami-Dade y de la ciudad de Miami, que han acordado ayudar a la construcción del estadio con decenas de millones de dólares, alegan que son los Marlins los que no quieren aportar el dinero que falta para hacer realidad el proyecto.

Los dirigentes de los Marlins en el pasado han coqueteado con la posibilidad de llevarse el equipo a otra ciudad o estado, pero no han recibido ofertas suficientemente serias o lucrativas para cumplir con sus amenazas. La asistencia a la mayoría de los juegos de los Marlins es pobre y para el 2008 probablemente sea peor ahora con la ausencia de Cabrera y Willis. Muchos se preguntan, ¿por qué apoyar a un equipo, que por las razones que sea, muestra poca lealtad a sus aficionados dejando ir o cambiando año tras año a sus jugadores favoritos? Al final, mientras que la avaricia y la política se ponen de acuerdo, el aficionado de a pie, el que muchas veces con gran sacrificio paga el boleto, también paga los platos rotos.

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