Ahora entiendo mejor. El dueño del circo, aquel que obligó a sus jugadores de fútbol a sacarse la foto oficial del club vestidos de payasos, envió a su mejor elemento al equipo filial por haber violado el código de la honestidad. Es que Omar Bravo no se puso en rebelde y dijo "me quiero ir". El club alimentó los deseos del jugador entrando en el juego de las ofertas que supuestamente llegaban por él: un día era del Racing de Santander, otro de Arabia y por último apareció el Recreativo Huelva. Bravo, el mejor jugador de un equipo de Guadalajara al que no le sobra nada, no forzó su marcha al extranjero, sólo expresó su deseo de salir para mejorar. Si existieron o no las ofertas formales de los interesados sólo el club lo sabe, pero éste en ningún momento declaró intransferible a su delantero por lo cual Bravo también se prestó al jueguito de las especulaciones. Cometió el pecado de ser honesto, o acaso de mandar un mensaje; "Véndame ahora, porque en dos años quedo libre y me voy." Su franqueza violó un código interno que penaliza la verdad, pero no el ridículo. Además, como queriendo justificar la decisión, Jorge Vergara dijo que no era la intención de su equipo venderlo a un club sin proyección internacional como el Huelva. El mundo al revés. Debería ser un cuestionamiento para el jugador dónde quiere continuar su carrera profesional, pero la plata igual ¿qué le cambia donde termine jugando Bravo? Contra Pachuca, Guadalajara ganó sin él, claro, pero sin él, Chivas no es el mismo. Desde antes del mundial, Omar venía demostrando que era el mejor delantero mexicano de la actualidad y lo corroboró en Alemania jugando en ese nivel. Igual que ahora, cuando el equipo más lo necesitaba Lavolpe lo dejó afuera. ¿Habrá algo más detrás de todo este asunto? Y a propósito del Pachuca. Siempre existirá la polémica de cuanto influye el técnico en el funcionamiento del equipo y quien haya visto jugar a este cuadro de los Tuzos no dudará en darse cuenta que no transmite nada. Enrique Meza es un tipazo a quien no le ha ido bien últimamente. Sus equipos tienen su personalidad y además parecen estar signados por la desgracia. No se si aquel Pachuca que hizo campeón el Vasco jugaba mejor o no que el de José Luis Trejo, pero ahí se notaba la mano de Aguirre. El equipo jugaba contagiado de la garra de su entrenador a quien no le gusta perder ni a la bolita. Por último la Comisión de arbitrajes tiene, obligadamente, que poder unificar los criterios de sus silbantes. Al margen de si en esta fecha dirigieron bien o mal, cada cual pitó con su reglamento en mano. Los jugadores entran totalmente condicionados con casi todos los árbitros, y estos entre groserías y falta de de criterio terminan malogrando los espectáculos. Sería injusto generalizar, claro, pero la gran mayoría quedó a deber. Escríbele a este autor
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